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2017

Graciela Vivero

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Cuento de Navidad lacaniano

Érase una vez una niña para quien las navidades eran noches  mágicas. 
Un árbol iluminado, una mesa muy larga que acogía a la gran familia:  padres, hijos, abuelas, tíos, primos … y después de medianoche,  amigos y vecinos de toda la vida.
A pesar de ser verano, no faltaba el cerdo y las castañas, pero también había pan dulce, strudel de manzana, bombas de patata, bombas de dulce de leche como versión argentinizada de los choux. 
Aunque el menú pareciera de la ONU no lo era.  Sólo se trataba de una familia típica argentina, donde los árboles genealógicos tienen sus raíces en los barcos:  abuelas española y austríaca, tíos de ascendencia italiana y francesa, algún checo, padres españoles y argentinos de primera generación, niños argentinos de segunda y tercera generación.  Lo cierto es que sólo había un miembro con raíces puras argentinas, una de las tías era de “pura cepa”: tataranieta de un jefe de los Querandíes. 
El tiempo pasó, la niña dejó de serlo. Tenía una profesión que la apasionaba y había creado su propia familia.
El cambio de los vientos la llevó  España.
Madre e hijos llegaron un 24 de diciembre, muchos, muchos años antes de escribirse este cuento.
El padre ya estaba desde hacía algunos meses, pocos,pero que se sentían  como una eternidad.
Venían de un tórrido verano, llegaron a un frío y lluvioso invierno pero muy cálido por el amor con el que fueron recibidos.

Ya estaban todos: padre, madre e hijos.
Esa Navidad y las siguientes fueron distintas, no solo por el cambio del calor al frío, del sol a la nieve, sino porque alrededor de la mesa se reunían cuatro, tres, dos, cinco, algún años siete … 
Seguía siendo una mesa de fiesta pero ya no era la ONU, aunque siempre había un guiño:  algo italiano, algo francés, algo argentino.
La Navidad del 2015 iba a ser distinta a todas las otras. Era el primer año que el pequeñín compartiría la noche con ellos. Además se sentarían a la mesa la nueva parte de la familia: el marido de la hija, con  padres, hermano, esposa y un futuro bebé muy próximo a llegar. No había precedente de otra igual.
La protagonista no sospechaba que esa noche sería tan importante para  ella, una cena magnífica pero no sólo por la comida y los postres, sino por el ambiente agradabilísimo que se creó. Charlas y risas compartidas por los adultos, una hermosura de seis meses sentado en su trona,cuchara en mano como uno más y una pequeñina que estaba y no estaba presente, nació el 25 de diciembre.
Todo perfecto.
Y llegó el momento de los regalos. 
El más joven de los presentes, el bebé todavía no, otro un poco mayor, comenzó con la entrega de los paquetes.
Se fueron sucediendo uno tras otro.
Qué felices estaban todos al desatar los lazos, romper los coloridos papeles y encontrar un hermoso presente pensado para quien lo recibía.
Para ella fue un momento de felicidad hasta que llegó el turno de que se abrieran los que compró.

Tres regalos para tres familias.
Abrieron el primero, el de los consuegros, que recibió exclamaciones: ¡ah, qué bonito!
Abrieron el segundo, su mundo empezó a resquebrajarse.
Abrieron el tercero y  quería que la tierra la tragara.
Había comprado … ¡tres adornos iguales!
Les aseguro que no fue nada fácil encontrar tres platos de porcelana idénticos, el mismo color, el mismo árbol de Navidad en el centro, los mismos juguetes en el borde … Ese fue el requisito que puso a la vendedora. Cambió varias veces de piezas pues no había tres iguales. La empleada subió, bajó, buscó en estantes y anaqueles para encontrar tres idénticos. Al fin ya estaban.
A la protagonista le invadió la angustia al descubrirlo, en el mismo momento en que los abrían, no antes.

Tuvo que buscar una excusa por el cambio de cara, estaba casi llorando. Ayudó el rímel que  nunca usaba.
¿Porqué este horror se impuso?
No encontraba respuesta.  Sabía que era un actingout pero no lo que quería decir. Dos sueños posteriores le hicieron ver en toda su magnitud la caída de un velo que le mostraba lo que no quería ver.
En toda su infancia y adolescencia  le irritaba sobremanera los regalos que recibía en las “grandes fechas”. Eran idénticos a los de su prima, contemporánea suya. Sus tacitas celestes, las suyas iguales pero verdes; su muñeca Pierangeli con un vestidito amarillo, lasuya igual pero con el vestidito rojo.

Era el sello de su madre: todo igual, nada de diferencias.
Eso traía aparejada la rabia, pero en silencio, no se podía decir nada, no se debía ser desagradecida. Una ley no escrita pero grabada a fuego.
Y ella, sesenta y muchos años después, repetía su máxima: los regalos iguales, ninguna diferencia “para que no se peleen”.
“¡Horror! ¡Soy igual que mi madre!”
Tantos años trabajando para tener su propia identidad y descubre que es …  ¡igual!
No podía pedir una sesión en ese momento porque su analista estaba de vacaciones. Ellano podía dejar de llorar.
Y como en todos los cuentos, llegó el príncipe valiente para bajarla de esta torre en la que se había encerrado a oscuras.

El compañero de toda la vida, después de verla llorar un día si y el otro también, le pregunta qué le pasa. La respuesta no se demoró: ¡Soy igual que mi madre!
Sus esclarecedoras palabras abrieron la puerta de la mazmorra y entró la luz: “Usted no es igual que su madre, usted es usted misma. Mírese!!!”.
Y se miró. Y permitió que los demás la vieran. Y el maleficio se rompió.
Colgópor primera vez en su vida una foto en los redes sociales, hasta su perfil ahora tiene foto y a  este cuento lo acompaña una, de la noche de Navidad.
Ya se puedo mostrar, no es igual que su madre.
Y colorín colorado, este cuento bajo transferencia ha terminado. 

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