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2018
Argentina

Zulma Fraga

Nació en Realicó, La Pampa. Vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina
Publicaciones: (entre otras)
1998 Relatos del Piso 12, Editorial Florida  Blanca.
2004 Marginales, Editorial Piso 12
2005 el músico y Angelita, Editorial Piso 12
2012 cuerpos en tránsito, Editorial Piso 12
2013 Subirse al micro, Editorial Piso 12
Incluida en:
2004 En frasco chico, Antología de microrrelatos, selección de  las Prof. Silvia Delucchi y Noemí Pendzik, Ed. Colihue, CABA, Argentina
2007 Relatos para Sallent, Selección del Concurso de Relatos Cortos para leer en tres minutos “Luis del Val”, Edición del Ayuntamiento de Sallent de Gállego, España.
2007. Grageas. Antología de 100 cuentos breves de todo el mundo, Ed. Desde la gente, Buenos Aires, Argentina
2007 Cielo de Relámpagos, Antología de microrrelatos de autores latinoamericanos, selección de María Cristina Ramos, Ed. Ruedamares,, Neuquén, Argentina
2009/2010 Antologías del V y VI Encuentro Nacional de Narrativa, Bialet Massé, Córdoba, Argentina
2013. Basta, 100 mujeres contra la violencia de género, Editorial Macedonia

Los hijos no hablan

        Ella es la mamá de la adolescente muerta. Violada y asesinada.
        No somos amigas pero la conozco, mi hijo y la suya estaban en  el mismo curso y mi nena va también a esa escuela. Nos hemos visto en reuniones de padres, en los festejos escolares, nos cruzamos en el supermercado, en la farmacia; vivimos en el barrio, la ciudad es chica.
        Me acerqué a ella después del horror, algo le dije, no sé muy bien qué, pero no he dejado de pensarla en estos meses, imagino cómo se siente, cómo será entrar al cuarto de la hija, ir sabiendo de a poco que faltaba a la escuela, que no estaba donde decía estar, que encontraron marihuana en su mochila; que tenía, poco más que niña, una vida sexual muy activa, que sus amigas la cubrían. Quizás, como el asesinato, todo esto le cayó encima de golpe o a lo mejor iba pensando, como yo, que hay un momento en que los hijos se transforman, no nos hablan, viven una vida de riesgo, propia y diferente de la nuestra.
        Pensando como yo cuando veo en qué poco tiempo mi hijo ha pasado de ser ese niño risueño, alegre y bullicioso, a este que está en la casa como no estando, encerrado en su cuarto, que no me habla, que todavía, muy de vez en cuando, me abraza y me dice que me quiere. Ese desconocido que me dice que me quiere es el que la violó y la mató.

Bailarinita

       Bailarinita a veces toca el acordeón en el subte, reparte besos y espera monedas. Tiene la piel dorada, los ojos color miel, el pelo apenas rojo, enmarañado y un poco sucio. Del escueto pantalón emergen sus piernas rotundas, que mira el pasajero de saco y corbata. Ávidamente.

De Subirse al micro

MEDIODÍA

Era un mediodía caluroso de noviembre y yo dejé que me tocara. El galpón estaba oscuro y olía a polvillo de avena, a cáñamo húmedo, a algo ligeramente ácido, a tiempo detenido. Por los agujeros de la chapa se descolgaba una luz redonda, de una blancura desfachatada que por momentos parecía levantar una neblina apenas azul.
        Estaba sentado contra la pared, sobre un rollo de cuerda. Era un hombre parco, oloroso a humo de leña, con manos sensitivas, delgadas y muy morenas. Yo crucé el galpón como en oleadas, me paré junto a él, de perfil y me saqué el vestido. Estaba transpirada y con una bombacha blanca. Él esperó que el aire me enfriara un poco la piel y luego estiró las manos y me tocó. Una caricia lenta que fue subiendo por las piernas, se sostuvo en mi cintura, me contorneó los pechos y me rozó como un soplido caliente los pezones. Después se metió entre mi bombacha y mi sexo. Se quedó ahí, quieta, sintiéndome latir. Y me tocó. Sabiamente, como si también él tuviera una vagina y

supiera con absoluta exactitud dónde hay que rozar, dónde insistir, dónde hurgar. Yo estaba muda y le oía una respiración entrecortada, casi angustiosa.
        Entonces me puse el vestido y salí a la luz del mediodía. En el galpón se escuchaban sollozos, un ahogo, no llegaba a ser llanto.

De Marginales

como los profesores fueron indiferentes a su destino y no inquirieron por qué la chica no proseguía la”enseñanza obligatoria”. La madre se separó hace tiempo del marido. Él vive en otra parte, trabaja en un oficio muy modesto, cría a otros dos hijos, pero se desentendió de la niña.
No sabemos qué ha estado pensando Giovanna en su infancia solitaria ni cuál es su grado de lucidez pero, de hecho, a tan temprana edad lo trasgredió todo, fue más allá que Bobi y asumió por entero su condición de perro. Logró adaptar su cuerpo a su perrunidad en la manera de caminar y comportarse; aprender el lenguaje de perro, relacionarse sólo con perros, compartir  —comulgar— el mismo alimento.
Llegó a incorporar en sí misma los atributos de la especie que la acogió y procuró afecto.
Giovanna no aceptó la segregación y el aislamiento: se religó a la otra especie.

Odio de clase

El odio de clase existe y los potentes saben ejercerlo. No hay religión ni mandamiento que lo aplaque. Más que discusión y retórica, es acción.

La más impresionante muestra de lo que pueden hacer las damas enfurecidas para vengarse del miedo que les causa una acción revolucionaria, la estampó la bisnieta de don Andrés Bello, la escritora Iris, es decir Inés Echeverría de Larraín.

Ese recio miedo a perder el poder puede hacer olvidar en

segundos la delicadeza, la gracia, la elegancia y la caridad mamadas en la enseñanza recibida durante generaciones.

Cuenta Iris que en su juventud, al término de la guerra civil del 91, rompiendo con todas las normas y buenas costumbres, salió a las tres de la mañana con las demás damas de su entorno para celebrar la caída del presidente Balmaceda:

   "Salimos todas a la calle y me enfrento a una ciudad enloquecida. Una poblada hace pedazos un gran busto de Balmaceda. Varias mansiones son saqueadas. Al pasar por Amunátegui con Catedral, veo el hermoso palacio de la Alhambra de don Claudio Vicuña, invadido por una turba que arroja desde el segundo piso un piano de cola que cae al suelo y con estupor diviso a mi cuñada que aviva los desmanes, se sube al piano y con cierta elegancia alza la cola de su vestido y gracias a los nuevos calzones con blondas y abertura para no tener que bajárselos cuando estamos apremiadas, defeca sobre los restos del otrora hermoso piano exclamando: ¡Para que nunca más, bastardo, hijo de Satanás, puedas librarte del mal olor de tu alma! Todos la aplauden mientras a nuestro alrededor siguen cayendo muebles, cuadros y objetos de arte..."

Esa impúdica descarga sobre el piano es la pestilente metáfora sólo comparable a las maniobras de las damas francesas que caminaban entre los cien mil cadáveres de la Comuna de París. Ellas revolvían las conteras de sus quitasoles de encaje en las órbitas de los comuneros muertos para reventarles los ojos.
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